De cuando el firmamento era oscuridad absoluta, de cuando el silencio reinaba en los pasos de las almas que aún no transitan. De cuando la misma eternidad cubría con su manto algún cielo que permanecía como esperando, como sosteniendo la espera de un brillo en lo alto. Y en algún momento en que el tiempo dejó de ser tiempo y los instantes perecieron en la quietud de la penumbra, la Luna emergió en la silente compañía del mutismo eterno. La nada en que estaba inserto el mundo que aún no despierta, permaneció en la profundidad de su relego, empero ya con la luz que en lo alto velaba el resguardo de lo perpetuo. Y en algún momento en que el tiempo dejó de ser tiempo y los instantes perecieron en la quietud de la penumbra, el sol emergió irrumpiendo la oscuridad llamando día a su transitar, y noche a su descanso. Y la claridad derramó sus atavíos mientras el sol yacía en las alturas, entre tanto la oscuridad se desvanecía cuando luna acariciaba con sus rayos tenues el cortejo de estrellas silenciosas.
De tantos ocasos y crepúsculos, de tantas albas y anocheceres; luna y sol jamás se encontraron. Cuando uno renacía, el otro pernoctaba a la espera del inicio de un círculo que nunca concluye. Eras sin tiempo transcurrieron, y las almas despertaron en su transitar errático. Y el ocaso nunca dejó de ser ocaso, tanto como el crepúsculo de nacer en cada amanecer. Pero como nada está escrito o nada ha querido ser escrito, en un tiempo sin tiempo, un eclipse ofrendó la oscuridad circunstancial y suficiente, para que sol y luna se encontraran por vez primera y con ello; un amor naciendo en la integridad de lo cierto y efímero. Un amor que por despecho de las estrellas que no entendieron este lazo eterno, fueron sentenciados a jamás volver a encontrarse, a jamás volver a acariciarse. Sólo podrían rozar su estela en el mismo inicio de un ocaso, en el mismo génesis de un crepúsculo. Quien ha conocido el amor y desamor, sabrá que tolerar el dolor y angustia de la ausencia es insoportable, casi como no poder respirar, casi como perecer en cada instante que transcurre. Quien no ha conocido el amor, jamás comprenderá el por qué luna y sol, se buscan desde toda la eternidad…
En la tristeza de un amor con un desencuentro sempiterno. La luna refugió sus lágrimas en las noches claras meciéndose en las aguas de un mar calmo. El sol respiró su sufrimiento expulsando flamas desde sus entrañas como queriendo deshacer sus llagas. Las flamas deambularon por los cielos marcando sus cicatrices de un amor incierto, de un amor eterno. Ambos concibieron dos hijas como muestra de su amor. Luna nombró Esperanza a su pequeña y la cubrió de la inocencia que no habrá de corromperse ni olvidarse mientras haya atisbos que puedan contemplarla. A ella le ofrendó el anhelo por lo que desea ser concreto, le otorgó el don de lo que se espera para que transite su propia huella. Sol nombró Lágrima a su pequeña y la cubrió de la emoción que no habrá de relegarse, mientras exista un sentimiento en las almas que aún transitan. A ella le ofrendó el dolor y la alegría que se enmarcan en sus entrañas, le otorgó el don de expresarse aun en el sufrimiento o en el despertar de un nuevo sueño. Ambos hijos deambularon sin saberse hermanos, pero con la certeza de que tarde o temprano habrían de tomarse la mano y transitar su destino escrito desde lo inmemorial, desde la misma perpetuidad. En la grandeza de lo que se pierde y se rescata, en lo inconmensurable de un amor que trasciende ocasos y crepúsculos, en la prolongación de un hijo como sello de un lazo inquebrantable. En la comunión que otrora los unió, Sol y Luna jugarán siempre a encontrarse para pregonar su amor. Entre tanto no suceda, Cuando una Lágrima de alegría o dolor, surque el atisbo de un alma que persista, acudirá la Esperanza para fundirse al abrazo eterno entre el sol y la luna, entre la esperanza y la lágrima…

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